Obertura

Desde la boca de la impre­sora –negro abso­luto del toner– apare­cen las filas de ver­sos sobre los folios. Las hojas tocadas por la mano, el ADN del impre­sor en todas, para ir en busca de un encuen­tro casual con el ADN del lec­tor. La tex­tura del papel, casi vuelta la piel de la poesía, busca su sesgo en un pro­ceso de ensam­blaje tamizado por una suerte de madu­ración callada. Con­tem­plar una y otra vez la serie numérica al pasar y ver­i­ficar las pági­nas. Lograr un arte­facto con la mín­ima par­tic­i­pación de la máquina. Un sabor casi medieval: la posi­bil­i­dad que brinda el orde­nador de aten­der de forma arte­sanal un pro­ceso que antes nece­sitaba del con­curso de var­ios. Los detalles se van refi­nando al paso, y el vetusto y ren­o­vado artilu­gio surge. Las nuevas tec­nologías han afec­tado el rol de los libros de ver­sos, que ahora bus­can nove­dosos y diver­sos soportes. Hoy con mayor razón, no son para grandes audi­to­rios; sin embargo, quedan las alter­na­ti­vas que ofrece el mundo dig­i­tal y su canto de sire­nas que resuena en todas partes.

Con­serve­mos el curso; el timón dirigido sólo a las aguas pro­fun­das,
Sin miedo. ¡Oh alma! Explo­rando jun­tos;
Porque nos dirigi­mos a donde ningún marinero se aven­tura,
Y arries­gare­mos el navío, el ser y el resto.
¡Oh, alma valerosa!
¡Oh, naveg­ue­mos hacia los con­fines, hacia los con­fines!
¡Oh, ale­gría temer­aria y plena de certezas!
¡Acaso todos los mares no son de los dioses?
¡Oh, naveg­ue­mos hacia los con­fines, hacia los con­fines, hacia los confines!

Walt Whit­man

El que mira hacia afuera, sueña. El que mira hacia aden­tro, despierta.

Carl Gus­tav Jung

Si la enfer­medad está anudada con pal­abras, se tiene que desanudar con palabras.

Enrique Symns.

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